Panamá, miércoles 25 de junio de 2008, La Prensa

julio 3, 2008

EN BUSCA DE UNA CLASE POLÍTICA HONESTA.

Nuestras debilidades democráticas

Pacífico Chung

Cada vez se escucha con más fuerza. Más y más panameños se frustran de su sistema político. No hay candidato a representante, diputado y presidente que se salve de la generalización. ¡Todos los políticos son iguales! ¡Ningún partido político piensa en el país! ¡Todos van a robar! El pueblo está cansado.

Y tienen razón. La clase política en forma general no ha estado a la altura de las circunstancias. Sin embargo, la enorme amenaza que representa la pérdida de la credibilidad en los valores democráticos no solo afecta a la clase política sino a la toda la sociedad. Y es en su conjunto, nuestra sociedad no ha hecho ningún esfuerzo en fomentar una cultura política en el país.

No estamos preparados para ejercer completamente nuestra democracia. El tejido social panameño es débil, desequilibrado, con una exagerada concentración de riqueza en la parte superior de la escala social y una exagerada concentración de pobreza y poca educación en la mayor parte de su población.

Esta diferencia absurda de poder incide en las características de nuestro sistema político. El panameño promedio no vota por el mejor, o el más preparado. Vota por quien sienta él que puede resolver sus problemas personales.

Una plaza de trabajo, un saco de cemento, algunos dólares. Ese es el valor de su voto. Otros tantos panameños gustan creer en propuestas inverosímiles. Tenemos un presidente que prometió cero corrupción, cuando todos sabemos que eso es imposible. ¡Votamos por un presidente que prometió algo imposible de cumplir y luego nos sentimos engañados!

Sin embargo, frente a un mal ejercicio de la democracia, la salida menos complicada es culpar al sistema. Eso no solo se limita a los sectores populares y menos formados educativamente. ¡Cuántos profesionales en el país no piensan lo mismo que sus otros compatriotas menos formados! Claro, es más fácil decir que otros tienen la culpa, que decir que nosotros mismos, en diferentes grados, somos culpables.

Panamá necesita un cambio. Pero no podemos esperar que el cambio ocurra como por arte de magia, mientras vemos un partido de fútbol o vemos alguna película. Tampoco podemos esperar cambios, abstrayéndonos de la vida política del país y negando nuestros deberes democráticos.

El país debe cambiar, pero para cambiar a un país necesitamos cambiar a su gente. Ese cambio debe surgir de una nueva generación de panameños conscientes de las realidades de su país. Esa juventud debe entender cómo funciona una democracia. Debemos fomentar la formación de toda clase de líderes, desde políticos hasta sociales en nuestras escuelas.

Debemos fomentar las elecciones y los debates en nuestras escuelas y universidades. Debemos permitir que nuestros jóvenes formen una ideología. Debemos formar una juventud que participe en los partidos políticos por un ideal, no en busca de un beneficio inmediato.

Para tener una clase política honesta, eficiente y productiva, debemos tener primero un pueblo capaz de elegirla. De lo contrario seguiremos dando vueltas en círculos y culpando de ello a la democracia.

El autor es ingeniero civil y miembro de la comisión política del Molirena

Anuncios